Que corren malos tiempos es algo que cualquiera ve.
Los fríos del invierno que viene no son sólo físicos. El helado aliento
de la reacción se deja sentir detrás de las orejas de cualquiera que no
sea político, cultural y socialmente correcto. Además, las banderas se
agitan con afán. Un hecho que no hace sino aumentar la preocupación. El
patriotismo no sólo es el último refugio de los canallas sino que, en su
nombre, se han cometido algunos de los mayores crímenes contra la
humanidad. Hoy, un "efecto colateral" es lo que está ocurriendo con la
película de Julio Medem, La pelota vasca, la piel contra la piedra.
En esta sección, habitualmente, se incluyen los
comentarios de quellos que ya han visto una de las películas que pueblan
la cartelera. Sin embargo, en esta ocasión la reflexión va a ser
anterior al visionado. Como los lectores saben, unos días antes de su
estreno en el festival de San Sebastián, se desató una campaña en contra
de La pelota vasca. Desde los más distintos ámbitos se lanzaron dardos
sobre su falta de "objetividad", considerándola como un panfleto pro
etarra. Se trataba de una acción más de la campaña de confrontación en
la que se encuentra sumergido el Estado español contra las veleidades
independentistas vascas. El gobierno del Partido Popular, con su máxima
figura al frente, el presidente del consejo de ministros, José María
Aznar, lleva unos años empeñado en pasar a la historia como aquél que
puso fin al problema vasco. Un asunto que, bajo distintas formas, lleva
emponzoñando la vida de los habitantes de parte de la península Ibérica
desde hace casi doscientos años. Desde las ya lejanas guerras carlistas
hasta la actual monarquía parlamentaria.
Si alguna duda cabía sobre la esencia represiva de
cualquier Estado, lo que ocurre en el País Vasco es una buena muestra.
En las tierras que hoy conocemos como Estado español si bien cuajó la
necesaria centralización económica y judicial, no terminó de hacerlo
desde el punto de vista geográfico, administrativo y lingüístico. De
forma que los llamados nacionalismos vasco y catalán se han convertido
en una herida infectada que nunca ha dejado de supurar pus. Una
situación que, en mi opinión, no es sino una muestra del carácter
coercitivo y violento del "contrato social" sobre el que se basó la
construcción del actual reino de España. Un compromiso impuesto que,
tras la muerte del dictador general Franco, se fue posponiendo con la
esperanza de que el tiempo lo terminara arreglando. Una posición
heredada, como tantas otras cosas, del franquismo. La complejidad de la
situación de los años setenta determinó adoptarla esperando, quizás, que
el desarrollo económico y la desideologización de la sociedad terminara
por disolver la cuestión.
Sin embargo, no ha sido así. Tanto en Cataluña como
en el País Vasco no sólo se ha producido la aceptación total del estado,
sino que los nacionalistas, con los medios que la proporcionaron los
estatutos de autonomía aprobados, han ido profundizando en los elementos
escisionistas. Por ejemplo, con la recuperación e imposición del idioma
vernáculo y la creación de una administración que, como toda que se
precie, busca sustituir a las competidoras. Además, en el caso vasco, en
ningún momento dejó de estar presente una cuestión añadida: la actividad
de la organización ETA que continuó asesinando. Si durante los gobiernos
socialistas los puentes entre el Estado español y la administración
vasca continuaron existiendo, a pesar de la creación del GAL, desde su
relevo por el Partido Popular éstos han ido saltando por los aires. Como
si unos y otros hubieran considerado el momento de "resolver"
definitivamente el asunto. De ahí que, mientras ETA seguía actuando, los
gobiernos de Aznar hayan ido ensayando, con más pena que gloria, todo
sea dicho, políticas que han ido extendiendo los problemas políticos y
sociales hasta el punto en el que hoy se encuentran. Un punto tan
peligroso que, incluso, pienso, ha llevado a intervenir al monarca
mediante la puesta en marcha de un elemento, que se pretende cohesión
nacional, como es el anunciado matrimonio de su heredero.
En este enfrentamiento entre un Estado "consolidado"
y otro que busca hacerlo los últimos en poder opinar son, precisamente,
los más afectados: los ciudadanos de a pie. De un lado y de otro sólo se
busca su adhesión inquebrantable apelando a los más inconfesables
instintos, a la exaltación de las diferencias, al tremolar de banderas,
al sonido de las trompetas de la guerra. Si en el País Vasco la presión
sobre los tibios se extiende, en el resto del Estado no se anda a la
zaga. Si algo temen todos los estados es la libertad, la capacidad de
sus, teóricamente, ciudadanos (es decir, quien en teoría es sujeto de
derechos políticos y puede intervenir, mediante su ejercicio, en el
gobierno de su país) para poder decidir por sí mismos. Para los gestores
estatales somos consumidores, votantes o infantería que
disciplinadamente debe acudir a sus llamamientos. Masa, carne de cañón
que debe ofrendar su vida ante los respectivos altares de la patria. Sea
cual sea. Somos súbditos que no deben pensar, en todo caso cuanto menos
mejor. Para evitarnos tan funesta manía cuanta menos información
tengamos mejor. ¿Diversidad de criterios, elementos de juicio? No, eso
es peligroso. Hay que crear "opinión pública". Es decir, pensamiento
único. Tertulianos de radio y televisión, editorialistas de prensa,
leyes, y artistas deben poner su grano de arena. Si no lo hacen son
demonizados como pertenecientes al enemigo, como tibios.
La película de Julio Medem sufre esta situación. La
democracia reconoce derechos, siempre que no se quieran llevar a la
práctica. Piénsese en la vivienda, el trabajo, el derecho de expresión.
¿Cómo, de otra manera, se puede explicar que una película sobre una de
las cuestiones que más afectan a la sociedad española, que ocupa cientos
de horas en las emisoras de radio y televisión, miles de líneas en la
prensa o en libros, apenas haya podido verse en España? Si observamos a
la cartelera, semanas antes de su estreno comprobamos que sólo se
proyecta en las tres provincias vascas, Navarra, La Rioja, algunas
ciudades catalanas, La Coruña, Burgos, Madrid y Valencia. Pero no ha
sido consecuencia de que el público le haya dado la espalda. En
Andalucía, por ejemplo, sólo se estrenó en Granada y Málaga. En la
primera estuvo dos semanas y en la segunda una más. ¿Por qué? Hay que
mirar en dirección a las sugerencias interesadas, a los problemas que
podría traer su estreno. A lo peor ni siquiera haya hecho falta una
llamada telefónica o una presión directa. La peor de las censuras es la
que no hace falta imponer.
Su pecado ha sido el preguntarse cosas, querer
ofrecer una visión del problema. Pero parece que, fuera del País Vasco,
no hay posibilidad de que ocurra. Cuanto menos se sepa sobre lo que allí
sucede, mejor. En eso, seguramente, estarán de acuerdo los patriotas de
uno y otro lado. Lo dicho, el invierno de este año será frío y oscuro.
Se oyen rechinar los dientes de los lobos de la guerra. Ya muerden en
Irak, pero sus ojos no dejan de buscar nuevos objetivos. Pagarán los de
siempre. Ellos, al final, se sentaran en una mesa a repartirse los
despojos.