En la resaca navideña, es justo hacer una
valoración del balance que el poder, por boca del Rey, hace en navidad
para enjuagar nuestro amargo regusto anual. El discurso estuvo dedicado
a la Constitución en su 25 aniversario. Seis folios saturados de niebla
incensal sobre los que flotaba la imagen de ese documento modélico,
destilación de las virtudes, espejo de justos, que es nuestra Carta
Magna.Analicemos algunas de las perlas que el ponente desgranó para
deleite de parlamentarios y la plebe:
- Ninguneados los movimientos sindicales menos minoritarios,
demonizados los movimientos sociales, cautiva y desarmada toda forma de
expresión social que no se haga pagando, los poderes fácticos dicen que
lo que nos mantiene unidos es la Constitución, el "referente básico de
nuestra convivencia".
- Cuando el porcentaje de I+D dedicado a la educación es el más bajo
de la historia, el rey dice que "España destaca hoy, entre otras cosas,
por su desarrollo económico y social, por su progreso educativo y
cultural (...)".
- Cuando hoy día la mujer firma el 80% de los contratos temporales y
gana un 25% menos que el hombre en la misma categoría, lo único que
reseña es que "se han operado cambios trascendentales (...) en la
incorporación de la mujer al trabajo".
- Desde luego ha sido la Constitución, ese bálsamo de Fierabrás, la
que "ha desempeñado un papel crucial (...) para la plena integración y
activa participación de España en la UE". No ha sido el coste laboral y
humano de cercenar los sectores primario y secundario a favor de
convertir al país en el hotel de vacaciones de la Europa rica.
El incremento de las muertes en el tajo ni lo toca, no vayamos a
empezar a pensar en otras cosas que no sean los sacrosantos militares,
muertos en su ejercicio de pacificación; y se condena el terrorismo, ese
ente brumoso en el que el poder cuelga sus demonios para exorcizarlos.
La referencia a la población inmigrante roza el cinismo ("contribuye
generosamente a nuestro progreso económico y social") y el abuso de la
palabra "solidaridad" sin ton ni son puede ejemplificar las teorías de
las ideas-fuerza.
Como declaración de intenciones, la Constitución tiene párrafos
loables. Pero daría risa si no diera ya pena la sistemática violación en
la práctica de estas intenciones. Por ejemplo:
Cómo se comen los artículos 16.1 (libertad ideológica, religiosa y de
culto) y 27.1 (libertad de enseñanza) con el obligatorio cucharón
católico en la escuela.
O los paradigmas del papel mojado: el art. 35, que establece el
derecho al trabajo digno y bien remunerado, y el 47, que habla del
derecho a una vivienda adecuada, impidiendo los poderes públicos la
especulación.
En definitiva, el sentir del discurso fue que todo pita con la
"indispensable ayuda y el ejemplo de nuestras fuerzas políticas y de
nuestros agentes económicos y sociales".
Al final se fueron todos a contemplar el desfile militar y al día
siguiente salían las críticas elogiosas del famoseo político, ya que
diga lo que diga Juan Carlos, por muy descabellado o marciano, él sigue
siendo el Rey. Pero despejados los tufos de la gloria, pidámosle a
cualquier ciudadano, inmigrante o patrio, a quien la subida del IPC un
36% se le ha conflictuado con la hipoteca, que analice nuestra
Constitución.
Posiblemente diga, como mi abuela, que se crió en la penuria de la
posguerra y nunca entendió de sutilezas: ¿pero qué "senifica" todo esto?