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n°298 febrero 2004
Juicio del CES
1
188
Cayetano Zaplana
S
í, ya era hora de que alguien salie-
se, en este desierto moral en que se
ha convertido nuestro país, a de-
fender su derecho a pensar y a de-
cir algunas palabras a la gente
clerical que tanta falta hace y tan merecidas
las tienen. Tratemos de situar las cosas en el
terreno apropiado.
En esa sana costumbre nuestra de leer para
aprender, conocer y poder analizar las cosas y
los seres, tuve ocasión de leer en la revista se-
manal del periódico "La Verdad" de Murcia,
unos trabajos firmados por Javier Marías. Co-
nocidos los orígenes del periódico, quedé ex-
trañado de que tales expresiones pudiesen
tener cabida en él. Marías es crudo en su es-
critura, y en lo poco que de él he leído, me daba
la impresión de, como se dice vulgarmente, no
tener pelos en la lengua, cualidad esta que no
podía ser bien considerada por quienes en la
actualidad tienen la responsabilidad de esa cla-
se de prensa.
De ahí fue que, poco después constaté que
en la revista citada faltaba el habitual trabajo
de Marías, y vinieron a mi mente las interro-
gaciones que con anterioridad ya me había
planteado. Mas, observo que al mismo tiempo
que constato esta ausencia, noto la presencia
de Marías en la revista semanal que también
edita El País. Comprendí, pues lo que podía sig-
nificar la presencia de su firma en un lado y la
ausencia en el otro. Las causas son ya muy vie-
jas: es el antiguo proceder de "Doña Anastasia",
esa añeja y destructora censura que tan desa-
gradables recuerdos dejara en quienes en el pa-
sado deseaban decir algunas verdades.
Ha habido algo que Marías ilusoriamente
consideraba: tener el mismo derecho que los
clericales a expresar sus opiniones. Eso, Sr. Ma-
rías es conocer muy poco la interioridad de la
iglesia, los derechos que para ella, ella misma
ha constituido, no los podrá tener jamás quien
sayas no lleve.
El artículo cuestionado y censurado, no le
podía ser muy grato a la muy santa iglesia ca-
tólica. No está muy acostumbrada en estas úl-
timas décadas a que le sean dichas ciertas
verdades y es que, desgraciadamente, hay muy
pocos seres con la dignidad de plantarse fren-
te a ella para decirle algo de lo mucho mereci-
do. Estamos como estábamos, Sr. Marías, ayer
la iglesia era dueña de un país por la voluntad
de un enano sangriento. Hoy lo vuelve a ser
por la voluntad de otros enanos que carecen
de la personalidad necesaria e indispensable
para oponerse a ella. Sabemos bien de qué pie
cojean todos los que detentan el poder en la
actualidad, no le pidamos peras al olmo.
La iglesia no puede permitir que siendo ella
dueña del cotarro le sean dichas verdades sin
que su reacción sea la de siempre: la vengan-
za. Nunca ha sido ella quien diera el otro lado
de la cara, eso está bien para su cuento y para
los incautos que en ella puedan aún creer.
Usted Sr. Marías dice: "La iglesia católica
me trae tan sin cuidado, espero tan poco de ella
en cualquier terreno (en el intelectual, en el
social, en el humanístico, en el de la consola-
ción, en el compasivo, en el de la inteligencia,
no digamos en el del compromiso) y, en suma,
la considero tan ajena a mis inquietudes y pre-
ocupaciones y tan lerda en sus argumentos e
interpretaciones, y tan afanosa en sus in-
fluencias y bienes seculares (...) que apenas
presto atención a lo que dice, propone, man-
da, predica, condena o prohíbe. (...) No quisiera
rozarme con ella para combatirla, porque uno
acaba siempre en el cuerpo a cuerpo y hay
contrincantes que le contaminan a uno con su
solo contacto. La iglesia no me atañe excepto
cuando invade territorio político (y claro, esto
sucede a menudo) o abusa del dinero de los
contribuyentes (y esto ocurre cada año) o im-
pone sus ortopédicos e intolerantes criterios
fuera de sus jurisdicciones (y esto lo intenta
sin pausa) (...)".
Pero si esto es una realidad histórica de hace
diecisiete siglos, desde Constantino y que es
indispensable hacer conocer a cada oportuni-
dad que se tenga, no es menos cierto que di-
ferimos de Marías en lo que se refiere a ese no
contacto con la iglesia. Nadie que se inquiete
por el proceso histórico que esa lepra ha pose-
ído, puede quedar indiferente porque por todas
partes donde miremos nos encontraremos con
ella, nada de lo que en sí significa vida huma-
na está libre de su rapacidad, por todas partes
nos encontraremos con su negra presencia.
Es producto de esas realidades históricas,
de los hechos que han ido constituyendo su
existencia, sabiendo cuales han sido, son y se-
rán sus malvadas intenciones; que no es posi-
ble quedar al margen de una lucha cuando se
tiene noción de ella. Que nadie se haga ilu-
siones, todo aquel que desee ser libre, no lo será
mientras la iglesia disponga del eterno poder
de que siempre dispuso.
Entre las quejas que Marías menciona en su
texto, hay una que desgraciadamente se va am-
pliando en nuestro país de forma alarmante.
Esta queja está basada en la falta de solidari-
dad en casos como el suyo, en que la libertad
de expresión está en peligro. No le debería ex-
trañar, al escritor, harto conocedor de la reali-
dad humana, este egoísmo generalizado en que
el YO prima sobre todos los valores éticos, fi-
losóficos o humanos. Si Marías se queja en lo
que a él personalmente se refiere, porque no
ha visto un átomo de solidaridad entre sus mis-
mos compañeros de profesión, que nadie ha
movido un dedo frente a ese atropello al dere-
cho de poder pensar sin necesidad del "permi-
so" de cualquier pequeño o gran inquisidor,
puede darse cuenta ahora que directamente le
toca a él, de lo que se puede esperar de una co-
lectividad como la que en la actualidad existe
en nuestro país. Esta total ausencia de con-
ciencia y personalidad también se ha hecho
ver en la conducta sustentada hacia nosotros.
Bien sabido es que a las organizaciones a quie-
nes el fascismo había despojado de lo que po-
seían, se les dio una cantidad de dinero en
relación a sus intereses anteriores. Hemos po-
dido constatar como una organización como
CC.OO., que nada pudo perder en la guerra por
la simple razón de que no existía, ha podido
percibir lo que a nosotros se nos ha negado, lle-
gando esa misma organización a intentar im-
pedir que a nosotros se nos diera la más mínima
posibilidad de existencia. En este caso de tan
fragrante inmoralidad nos hemos encontrado
SOLOS. Nadie ha levantado la voz en defensa
de un derecho y de un deber moral que nin-
guna persona digna podía negarnos.
Con nosotros no ha sido solamente la cla-
se política de derechas quien así ha obrado.
Empezó haciéndolo el propio Felipe González,
que habiendo dado tantos millones como dio
a la UGT, y no pocos a CC.OO., a nosotros, por
el contrario se nos ha negado el derecho has-
ta de disponer de una simple salita en los lo-
cales de los antiguos sindicatos verticales.
Este no es el hecho a una individualidad,
que siempre deberá ser defendida, sino a una
de las más viejas colectividades, que tanto ha
representado en el pasado histórico de nuestro
país. Sin embargo, ahí está la realidad: no so-
lamente se nos ha saboteado por parte de los
organismos estatales, sino que la generalidad se
ha mostrado totalmente indiferente respecto a
lo que se está haciendo con nosotros. Lo que a
nosotros se nos niega a causa del drama crimi-
nal de nuestra guerra, mañana se le dará a la
iglesia. Sí, Sr. Marías a esa misma iglesia que us-
ted califica como bien merecido tiene. Pero para
ellos siempre encontrará el gobierno la forma
y manera de que esos "angelitos" no pasen mu-
chas penas. Para nosotros se observará siempre
la misma conducta. ¿A nosotros quién nos co-
noce? Se está haciendo todo lo posible por li-
quidar la memoria de nuestro país, que nadie
sepa cual fue su ayer y los porqués de ese ayer.
Así son las realidades de nuestro país, no
se extrañe pues, Sr. Marías de nada de lo que
entre nosotros pueda suceder, pues usted mis-
mo ha podido constatar que ni aún los suyos,
los que constituyen su mismo grupo cultural
han movido un dedo ¿Cómo pedírselo a los
demás? "España va bien", nos dice esa gran
eminencia que nos desgobierna. Comprende-
mos muy bien que no puede ir mejor para él
y sus amigos.
A pesar de todo continuaremos pensando
que nuestra colectividad, que el historial que
sustentamos, merece la consideración y el res-
peto integral del pensamiento. Tengamos un
tanto de paciencia para ver si la conciencia lle-
ga un día a despertarse y es capaz de cono-
cer el lugar en que se encuentra su deber.
Dada mi edad, desearía que fuese pronto para
tener el placer de constatar que los seres no
han perdido totalmente aquel bello ente que
tanto le placía a Parménides. No nos hagamos
grandes ilusiones, sé que marcharé antes de
ver cumplida esa gran misión de la defensa de
la integridad y de la indispensable dignidad
que nos debería acompañar. Vea, Sr. Marías, Es-
paña va bien, pero yo me siento muy mal en
este tan delicioso país ¿Qué quiere?, siempre
habrá descontentos.
Hemos podido constatar como una organización como
CC.OO., que nada pudo perder en la guerra por la simple
razón de que no existía, ha podido percibir lo que a
nosotros se nos ha negado, llegando esa misma
organización a intentar impedir que a nosotros se nos
diera la más mínima posibilidad de existencia. En este
caso de tan fragrante inmoralidad nos hemos encontrado
SOLOS. Nadie ha levantado la voz en defensa de un
derecho y de un deber moral que ninguna persona digna
podía negarnos
Ya era hora
La sede de Comisiones Obreras en Madrid, edificio del Patrimonio Sindical Acumulado.
/ ALMAIREDA
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