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men, tras muchos años de darlos por
perdidos, en la buhardilla de la casa,
repleta de escombros por la caída
de un obús. Entres sus líneas se
pueden buscar muchas de las
verdades que allí se escribie-
ron, especialmente de los mo-
mentos de ilusión y después
dramáticos de los años 30 del
pasado siglo, como la declara-
ción en Figols y Sallent de una
revolución a la que osaron dar
nombre de Comunismo Libertario,
los asesinatos de Casas Viejas, otro
hito de emancipación pasado a sangre y fuego,
o el proceso a Aurora Rodríguez, la madre y ase-
sina de Hildegart, joven compañera en las tareas
periodísticas de Eduardo de Guzmán en "La Tie-
rra". Los reportajes sobre estos acontecimien-
tos fueron seguidos y publicados con gran fervor
popular por el entonces jovencísimo periodista
comprometido con las ideas más avanzadas de
su tiempo.
El periodismo de hoy nada se parece al de
aquella época. Los periodistas ("son la voz de
su amo", dice Carmen Bueno), aún menos. Nos
desentraña otro recuerdo de juventud, de reca-
dera enviada por su madre a por algo tan im-
portante para la casa como era el diario "La Tie-
rra" o, más tarde, el "Castilla Libre", otra cabe-
cera ilustre del periodismo diario
anarcosindicalista (como "Fragua Social", en
Valencia o "Solidaridad Obrera", en Cataluña) que
dirigió Eduardo de Guzmán desde su creación has-
ta los últimos días de la guerra. Debajo del bra-
zo, escondidos, o leyendo tal vez la portada de
unos papeles repletos de utopía, la joven Car-
men desconocía aún que su vida acabaría uni-
da al torrente de palabras del periodista que
empeñó allí parte de su vida y que, tal vez, sin
él, aquellos diarios hubieran sido algo diferen-
tes. Pero como empeñó la vida también pudie-
ron acarrearle la muerte. Precisamente por haber
grabado su nombre tantas veces en las páginas
de estos dos diarios fue perseguido, torturado,
encarcelado y condenado a muerte tras el triun-
fo fascista. Delitos graves para unos triunfado-
res satisfechos por haber cerrado el paso a un
mundo nuevo que se cocía en buena parte de
los territorios donde tanto calaron las ideas de
emancipación social. Detesta Carmen, como tan-
tos, el periodismo y los periódicos que se hacen
hoy e indica que dejó de leerlos fundamental-
mente "desde que te venden y ofrecen tantas
cosas añadidas (discos, libros, monedas) tan
sólo para incitarte al consumo, sin que ya pa-
rezca que tiene interés la información."
Orden en el Ritz
Ganada a pulso la existencia, no fue tampoco
fácil la vida de Carmen Bueno. Recuerda con
curiosidad la sorpresa de su madre a quien, con
quince años, indicó que estaba deseando "que
llegara pronto el amor libre". Ideas subversivas,
incluso hoy día, cuando parece que tantas co-
sas cambiaron. Con otros siete hermanos, la fa-
milia era originaria de un pueblo de Cuenca,
acabaron en Madrid, barrio de las Delicias don-
de vivían tantos ferroviarios, algunos de ellos,
sus familiares directos; los crímenes de la gue-
rra los sufrió también cerca, fusilaron a un her-
mano, otro hermano salió de la cárcel y murió
a los pocos días como consecuencia del maltra-
to. Un sobrino suyo, Francisco Bajo Bueno, es-
tuvo detenido en el campo de concentración
de Bustarviejo (Madrid) de donde escapó para
poder llegar a Tánger. La propia Carmen, con
su hija de pocos meses, fue recluida en uno de
los famosos lugares de torturas que tanto pro-
liferaron los primeros días del triunfo fascista,
en el edificio de la calle Almagro, 36. Aquí, cu-
riosamente, fue a parar tras salir de Albatera el
que se convertiría en su segundo marido, en
este caso también bien llamado compañero:
Eduardo de Guzmán.
Separada de su primer marido a principios de
los años cuarenta, no duda en pensar ahora que
fue todo un atrevimiento en una época mojigata
y ultrareligiosa que se sacudía los polvos liber-
tarios de la aún cercana República. Con apenas
17 años, trabajó fuera de casa ("soy una cu-
rranta"), como enfermera titulada, "de las cua-
tro o cinco que habíamos". Pasó por muchos
sanatorios y hospitales, entre ellos el que per-
teneció durante la Guerra a la 70 Brigada de la
CNT, el lujoso hotel Ritz de Madrid ("El Ritz era
de la CNT, el Palace, enfrente, de los comunis-
tas", dice). Describe con exactitud el orden y lim-
pieza que daba al que era su territorio, toda la
planta hoy ocupada por uno de los grandes sa-
lones de baile del hotel. Hospital donde fue lle-
vado herido de muerte, precisamente,
Buenaventura Durruti. "No perdonaré nunca a
los socialistas", continúa Carmen, "por no ha-
ber hecho un museo al horror en los sótanos
de la que fue Dirección General de Seguridad,
la DGS, hoy sede de la Presidencia de la Comu-
nidad de Madrid. Recuerdo todavía los gritos
de los presos torturados".
El afán por no quedarse quieta, parada, de
no limitarse a lo que parece definitivo, la llevó
a buscar una mejor salida profesional y por ello,
"estudiando el bachillerato al mismo tiempo
que mi hija", consiguió la titulación para ser
matrona. De eso vivió y con ello ganó un me-
recido prestigio entre "gente rica" a la que aten-
dió, y en los barrios populares donde se notó su
buena mano, como el de Lavapiés, muy cerca de
donde sigue estando su casa o en Santa Cristi-
na "con las madres solteras". Sin pelos en la
lengua, pensando que la directa es la mejor ac-
ción, asegura que no se ha cortado ni un pelo
en decir las cosas claras a cuantos ilustres mé-
dicos conoció en los trabajos, en una época en
que se santificaba el "desprecio al rojo". Con su
trabajo (se jubiló a los 70 años) y sus decididas
palabras "no les quedó más remedio que respe-
tarme mucho".
Ignorancia del pasado
De charla inagotable, Carmen Bueno reprocha
a la vida de hoy la ignorancia general sobre todo
lo pasado. Y así, recuerda también lo poco que
se ha hecho por reconocer el esfuerzo y el tra-
bajo de los luchadores que hubo en este país.
Incluso en las propias organizaciones: "Ni los de
UGT ni en la CNT han sabido reconocer a sus
mayores, les ignoraron muchas veces". Despre-
cia la fatua felicidad que se vende, "como la es-
peranza en un coche o rodearte de más y
portentosos teléfonos móviles". Se adaptó lo
mejor que pudo, junto a Eduardo de Guzmán,
para intentar vivir bien y con dignidad mien-
tras les dejaran en la gran cantidad de años en
los que España se perdía en la miseria general.
Ni mucho menos teme a la muerte, y de ello se
ríe, porque tiene asumido que siempre es ésta
la que tiene el éxito final, la que gana, por eso
continúa con el entusiasmo de una mujer jo-
ven, por lo que, quizá, nunca llegue a ser vie-
ja; no es del tiempo pasado, sino de hoy. Amante
del teatro y de la tertulia, no se para y "si hu-
biera sido de estos tiempos, no hubiera deshe-
cho nunca la maleta". Conserva el valor que
tanto envidiaba en ella Eduardo de Guzmán y
recuerda la valía que tiene en la vida el perfec-
to complemento de las personas que se unen li-
bremente, aun con las imposiciones que marcan
épocas y normas. No puede evitar la risa al re-
cordar la cara del cura que le preguntó si había
tenido relaciones con otros hombres, cuando
hizo las solicitudes para casarse (1953) con de
Guzmán, después de divorciada y con una hija
de 14 años: "Sí, con un cura". Con esta con-
tundencia, no hubo más preguntas. Dice que
en su casa siempre se vivió como una familia
anarquista, nunca discutieron, aunque "era un
marido como todos. Muchas veces te daban ga-
nas de comértelo y otras de abrir la ventana y
echarlo a paseo". La admiración y el compañe-
rismo mutuos lo conservaron hasta el final, lu-
chando cada uno a su manera por la vida. Que
no hay duda de que si, se pasa junto a gente así,
aquélla, a veces tan puñetera, acaba siendo más
hermosa. Algo que, quizá, sea también subver-
sivo y no guste al poder.
A. Almazán / M.G. Blázquez
A
segura que recuerda todavía el em-
peño y malicia con el que dispa-
raban los curas desde la basílica
de Atocha junto al rimbombante
pabellón de Hombres Ilustres, en
los días siguientes al alzamiento franquista
contra el pueblo y la República. Lo vió desde
su trabajo, entonces enfermera en un sanato-
rio del paseo de María Cristina. Hasta hace poco
dice que vió, paseando, las huellas, ahora ya
ocultas, de algunos de los disparos ¿perdidos?
sobre las paredes de los vetustos pabellones de
RENFE, en las cercanías de la estación madri-
leña. Con 85 años, una entereza entusiasta y
mucha simpatía, Carmen Bueno custodia en la
centenaria casa de la calle de Atocha todos los
recuerdos y la vida que llevó junto al escritor
y periodista Eduardo de Guzmán, fallecido en
el año 1991.
Amable, sintiéndose a gusto con la gente
que entra para hablar o escuchar ("estoy aquí
reunida con gente de los míos", responde si al-
guien llama en ese momento al teléfono), con
los jóvenes con los que tan bien se encontra-
ba de Guzmán, abre su casa de manera entra-
ñable a quienes llegan en nombre de un periódico
que fue legendario como lo fue la organización
de la que es portavoz, la Confederación Nacio-
nal del Trabajo, la CNT, siglas que quizá digan
aún más que el nombre. A ella perteneció Car-
men de joven, pasando antes por la UGT, "pero
me gustaban más los anarquistas", dice.
Sus recuerdos van y vienen, como sus ide-
as, sus experiencias de mujer adelantada a su
tiempo, emprendedora, que ante el mal tiem-
po intentó siempre buscar la mejor cara y de-
sentrañar a diario, con la compañía de un ser
que no duda en insistir que "estaba lleno de co-
sas buenas, de bellas ideas en la cabeza y en
el corazón", un poco de la felicidad, que, como
la dignidad o la justicia, no se nos dan fácil-
mente sino que hay que conquistarla.
"La tierra" y "Castilla Libre"
Muy diferente en carácter al de su compañe-
ro, asegura que se complementaron de una
manera ejemplar. La prueba es, quizá, el cari-
ño con el que conserva cuantos documentos
guardaba el escritor, los libros, la multitud de
revistas y periódicos, algunos auténticas joyas
de la historia social española, como la colección
completa del periódico izquierdista, muy crí-
tico con el poder, "La Tierra", del que Eduar-
do de Guzmán fue redactor jefe hasta que, sin
duda ahogados por los poderes fácticos de la Re-
pública, el dueño, Cánovas Cervantes, arrui-
nado, cerró el diario.
Los ejemplares fueron encontrados por Car-
Entrevista
cnt
n°299 marzo 2004
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cnt
n°299 marzo 2004
Entrevista
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Entrevista con Carmen Bueno, compañera de Eduardo de Guzmán
8 de marzo
8 de marzo
El apoyo mutuo entre dos personas que se unen lo transmite aún Carmen Bueno,
compañera del periodista cenetista Eduardo de Guzmán, fallecido hace más de 10
años. Con un entusiasmo envidiable, esta mujer recuerda en el nombre de su
marido la historia que no se quiere reconocer y la ignorancia por el pasado.
Sus palabras resultan como un homenaje a tantos hombres y mujeres
íntegros que cometieron el horrible delito de soñar.
Ilustración de JAM.
N
o hay duda de que algo con lo que
consiguió Eduardo de Guzmán ga-
narse a los lectores fue con los tí-
tulos. "La muerte de la esperanza",
"El año de la victoria" o "Noso-
tros los asesinos" no pueden dejar impasible a
nadie que atesore algo de sentimiento hacia lo
que ocurre alrededor. Con la cercanía aún de un
montón de acontecimientos oficiales motivados
por los 25 años de la constitución monárquica
que se soporta, no deja de ser sorprendente to-
davía que existan políticos y hombres de po-
der (de los que Carmen Bueno no duda en decir
que "ahora están ahí, pero muchos son hijos de
asesinos") que no tengan ni el asomo hipócri-
ta por acercarse al horror del más reciente pa-
sado y reconocer que lo fue, amparar, aun sólo
con los sentimientos, a millones de víctimas. La
citada trilogía vital de Eduardo de Guzmán, le-
ída hoy, en un mundo apático y repleto de li-
bros y ediciones históricas sobre la Guerra Civil,
sigue saltando las lágrimas y revolviendo el es-
tómago al conocer de lo que fueron capaces los
triunfadores, los expertos en la humillación y
en la venganza. "El año de la victoria", donde
se narran las torturas, el hambre, el asesinato
y la aparición de una de las peores bajezas hu-
manas como la de la delación, debiera ser libro
obligado en las clases de historia, libro leído
con la pasión que proporcionan las palabras
que, aún dolorosas, no transmiten odio ni ren-
cor, más bien se acercan a la búsqueda de unas
razones desconocidas que expliquen cómo se
puede llegar al exterminio no sólo de los cuer-
pos sino de la dignidad de miles de personas.
Las vivencias en carne propia de Eduardo
de Guzmán, atrapado y engañado con decenas
de miles de "vencidos" en el puerto de Ali-
cante, desde donde se les había prometido
barcos y exilio, posteriormente en el triste
campo de concentración bautizado como Cam-
po de los Almendros (inmediaciones de Ali-
cante) para acabar en el de Albatera (cercano
a Orihuela), merecieron la distinción del Pre-
mio Internacional de Prensa en el Festival In-
ternacional del Libro de Niza en el año 1975.
La narración del traslado en camiones desde
Albatera, para su ingreso en las casas de tor-
tura de Madrid, y la exhibición y el desprecio
a que fueron sometidos en varios pueblos por
los triunfadores fascistas se nos antoja como
un auténtico homenaje a la emoción de los
que no claudican, de los que, a pesar de todo,
a pesar del dolor, se agarran a la dignidad.
Villada (Palencia) 1909
- Madrid 24-6-1991.
En Madrid, barrio de
Atocha, desde los diez
años; llevó a cabo es-
tudios provechosos que compatibilizaba con
colaboraciones en diversos periódicos como
El Diario del Pueblo, y de negro para agencias
y revistas. Fue redactor jefe de La Tierra (1930)
para el que realizó dos famosos reportajes (so-
bre Casas Viejas y el asesinato de Hildegart)
durante cinco años; en 1935 pasó a la redac-
ción de la Libertad hasta comienzos de la gue-
rra en que marchó a la dirección del CNT y a
la de Frente Libertario. Adscrito a la CNT en
fecha desconocida, al parecer por influencia
de Orobón, en enero de 1937 asumió la di-
rección de Castilla Libre, portavoz de la CNT de
Centro, que mantuvo hasta el fin de la con-
tienda (último número de 28 de marzo). Apre-
sado en Alicante el 1 de abril de 1939, conoció
campos de concentración y la cárcel (Yeserí-
as), fue condenado a muerte en enero de 1940,
indultado en mayo de 1941 y liberado en 1948.
Parece (¿desde la cárcel?) que fue miembro
del comité nacional de Amil en 1944 (según
Pastor Sevilla llegó a ser secretario general) y
que al año siguiente se ofreció a CNT para re-
dactar un estudio sobre la represión fran-
quista. Tras su liberación vive muchos años
de traducciones, reportajes, cuentos, guiones
de cine y escribiendo literatura de consumo (no
menos de cien novelitas policíacas y 400 del
oeste publicadas con seudónimo: Eddie Thorny,
Edward Goodman...) , aunque no sin sufrir las
iras represivas (un año en la cárcel de Oviedo
en 1951 acusado de espionaje). Como otros
militantes tan castigados por la cárcel y la re-
presión, en 1965 impensadamente aparece
alineado con el cincopuntismo. Desde 1969
trabaja para la agencia mejicana de noticias y
colabora en prestigiosas publicaciones del mo-
mento (Índice, Tiempo de historia, Triunfo).
Se le rehabilitó como periodista en 1978 con
Lera y A. Guillén e inicia un periodo de in-
tensa labor como escritor con notable éxito y
también como conferenciante.
(De "Esbozo de una enciclopedia histórica
del anarquismo español" de Miguel Íñiguez)
Eduardo de Guzmán Espinosa
Para el que no quiera oír
E
l propio Eduardo de Guzmán, su
madre, otros familiares o amigos
tuvieron que escuchar en varias
ocasiones esta frase dicha con sor-
presa por quienes, (uno de ellos el
que fuera hombre y periodista del régimen, Ma-
nuel Aznar, abuelo de José María Aznar, como
asegura Carmen Bueno), quedaban fastidiados
por saber que todavía faltaba alguien que no
se hubiera incorporado como deseaban a la
multitudinaria lista de los fusilados. No murió
así, finalmente, de Guzmán, aunque las se-
cuelas de las palizas, del hambre y la sed, de
todo tipo de maltrato las arrastró toda su vida.
Y el recuerdo, sin duda. De las paredes de la casa
de Atocha, a donde llegó la familia Guzmán
tras salir de Palencia, cuelgan estremecedores
señales como el hermoso dibujo realizado por
Tomás Gayo, con los petates de los compo-
nentes de la celda de la prisión de Santa Rita.
A su lado, la escueta carta en la que gracias "a
la virtud y a la decisión generosa y cristiana del
Caudillo" a de Guzmán se le conmutaba la pena
de muerte en la que fue condenado, en el mis-
mo proceso en el que, con otros muchos, tam-
bién se condenó al poeta Miguel Hernández.
Todo ello para que la vida salvada fuera "fecunda
en el amor a Dios y a España".
No parece que ganara finalmente Franco
ya que, liberado tras varios años de cárcel,
Eduardo de Guzmán mantuvo las ideas hasta
la muerte, como asegura su compañera. "No
claudicó nunca, ni en pensamientos ni en sen-
timientos". Así que sin cambiar lo más míni-
mo en su manera de pensar intentó rehacer
su vida profesional con la mayor dignidad po-
sible: "Quiso ejercer su profesión pero sin re-
nunciar a sus ideas y honradez". Así quedó
reflejado, por ejemplo, en la carta que dirigió
al director del diario Pueblo, que, para lavar la
cara del rotativo, quiso incorporar a sus filas
a un periodista que tanto prestigio había te-
nido durante la República. En una carta re-
pleta de valentía responde que, aún deseando
volver a ejercer su profesión, no puede re-
nunciar a sus ideas.
Durante varios años, Eduardo de Guzmán,
imposibilitado para ejercer como periodista,
escribió cientos de novelas del Oeste ("Que se
hacía en 15 días"); libritos de bolsillo que,
como un tesoro guardado siguen en su casa
("Aunque yo no me leí ni uno", afirma Car-
men), firmaba con los seudónimos Eduard Go-
odman, Eddy Thorny, Richard Jackson, Anthony
Lancaster y Charles G. Brawn. Novelas en las
que describía Estados Unidos con una precisión
sorprendente sin haber estado nunca allí. Fue
guionista de cine, traductor y, finalmente, es-
critor de cierto éxito con novelas y libros his-
tóricos gracias al esfuerzo continuado de Carmen
para que le hiciera caso :"Tú, a escribir lo que
te guste". En la época de "la apertura" y "la tran-
sición" trabajó también en las prestigiosas re-
vistas Índice, Triunfo y Tiempo de Historia.
Entre sus libros se cuentan, además de la tri-
logía autobiográfica citada, "Aurora de sangre.
Hildegart", "Historias de Madrid" o "Historias
de la prensa". Siempre contra el poder, man-
teniendo la esperanza en la utopía, sus escri-
tos huyeron de la complacencia, en unos años
en los que Carmen y él vivieron de manera
más o menos cómoda por sus trabajos, y se li-
mitaron a expresar con libertad lo pasado y la
esperanza difícil en el futuro. Como clase ma-
gistral de periodismo puede resumirse la fra-
se que le respondió a su compañero de lides
profesionales, Ángel María de Lera: "Qué pena
que escribas lo que otros quieren leer".
"Pero ¿todavía no han fusilado
a Guzmán?"
"En este país hay una ignorancia
general de todo lo pasado"
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