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El hundimiento del barrio del Carmel ha des-
tapado algunos de los innumerables agujeros
negros de la política catalana y ha demostrado
una vez más que la corrupción económica
está íntimamente ligada a la vida política de
lo que alegremente llamamos democracia par-
lamentaria. Sin sobornos, cohechos y preva-
ricaciones, sin adjudicaciones arbitrarias de
obras, sin presupuestos amañados, sin tram-
pas y sin trucos, los grandes partidos no
podrían financiarse, no podrían pagar sus
fabulosas campañas electorales, ni llamar la
atención a los grandes empresarios para que
colaboren en la causa a cambio de los favo-
res, en forma de adjudicaciones y comisio-
nes, con los que una vez en el poder les
obsequiarán los políticos financiados.
Cuando Maragall, en un arranque de sin-
ceridad, de esos que pueden arruinar una
carrera política, achacó a sus antecesores de
Convergencia y Unión, el cobro de un tres
por ciento de comisión en las obras públicas,
estaba tocando un tema "tabú", entreabriendo
la caja de los truenos, cuyas tormentas desa-
tadas acabarían por hundir su propio barco.
Casi nadie tira piedras sobre su propio teja-
do, por eso Maragall a penas lanzó una chi-
nita, un guijarro que ha revuelto las aguas
estancadas y corruptas del estanque en el
que nadan batracios, escualos y peces gordos.
El honorable president de la Generalitat ha
dicho lo que todos saben y no pueden decir
y aunque se ha quedado corto, muy corto
,los ecos de su exabrupto han levantado una
tormenta de arena y hormigón que ha salpi-
cado los engranajes del gran montaje de la
corrupción política.
Obras públicas, contratos de formación,
informes inexistentes, campañas turísticas,
edición de revistas y folletos que a veces ni
llegan a la imprenta, cientos son los modos
por los que un gobierno agradecido puede
favorecer a sus prestamistas. Usureros y
corruptos se reparten el pastel en la derecha,
el centro y la izquierda. Todos los que entran
en el túnel de la política parlamentaria están
abocados a vivir entre sombras y sospechas,
en el delito y en el crimen. Y no son tan
incruentos sus crímenes como piensan los
que no se atreven a pensar mucho. El aguje-
ro del Carmel que se ha tragado tanto dine-
ro de los contribuyentes catalanes también se
podía haber llevado muchas vidas. La conni-
vencia criminal entre políticos, esbirros, tes-
taferros, entre próceres y magnates mata en
cada obra que se hunde, en cada pantano que
se desborda, en cada cruce de carreteras...
Su democracia mata, su política envilece.
cnt
311
Abril 2005
VI época - Madrid
Agujeros
Moncho Alpuente
Eduardo Haro Tecglen
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Un jefe oscuro del CIS que practica el "mubin" con su secretaria tembló de gusto el día
que comprendió lo que era el progreso. Toda la vida desentrañando fórmulas, que dicen
que si uno tiene 7 y otro 3 acaba resultando que cada uno tiene 5, para comprobar que
el progreso se mide por coches vendidos y no por cadáveres destripados bajo las ruedas
o en los precipicios. También se mide por los millones de pisos que se levantan para
ocuparlos con aire y con hipotecas bancarias, o por la contaminación que rellena el ambien-
te de muerte distribuida a domicilio por diminutas partículas. No saben lo que se pier-
den los pobres, por eso se lo van a empaquetar y a exportar para que padezcan, pero
ahora de una manera sostenible. Después de jugar un partido contra la droga, con y fren-
te a más de un reconocido drogadicto, el juez Baltasar Garzón calculó con detalle la
"actividad económica" que había generado ETA, incluidos los años del franquismo: miles
de millones perdidos por unos (¿los contribuyentes?) pero ganados por otros. Con lo que
más de una mente concluyó que, al igual que el terror de los Estados, el terror de los otros
también genera riqueza, con lo que será más difícil que desaparezca.
Jenofonte
El progreso
la fotomatona
la fotomatona
El hundimiento del
barrio del Carmel ha
destapado algunos de
los innumerables
agujeros negros de la
política catalana y ha
demostrado una vez
más que la corrupción
económica está
íntimamente ligada a
la vida política de lo
que alegremente
llamamos democracia
parlamentaria.
El País
Visto / Oído - 18/03/2005
Aceptamos la corrupción como un impues-
to. Un estudio mundial la sitúa en un 10%
de media de los gastos del Estado, es en
cualquier país una enorme riqueza. Una
ONG que se llama Transparencia
Internacional ha hecho el cálculo en la
construcción: el valor de adquisición inclu-
ye esa medida de soborno. De delito; un
delito cualificado porque la corrupción es
cosa de la autoridad. El presentador en
España del cálculo dice que "las empresas
occidentales son responsables porque se
apoyan en estructuras corruptas"; y la
corrupción "es la versión moderna de la
pobreza". Se dice que es un mal de las
democracias; también se decía antes que si
las democracias se corrompen, los dicta-
duras se corrompen absolutamente. Están
hoy los datos de Pinochet: 125 cuentas en
el mundo. Dinero de robos a mano arma-
da y arma disparada.
Es mucho mejor que nos roben los
demócratas. Quizá los del túnel del metro
barcelonés, puede que los blanqueadores
de Marbella, con cientos de cuentas en los
bancos del mundo. Ah, salen los bancos
defendiéndose: no hacen más que guardar,
y si algo hay extraño pueden decírselo a la
autoridad. Pero no sé si la palabra corrup-
ción corresponde a algunas actividades que
contribuyen a la pobreza. Los bancos,
ahora, cobran una comisión alta a quienes
obtengan dinero de las cajas automáticas.
Es una novedad que se anuncia al tiempo
que los balances de beneficios inmensos. El
régimen económico en el que vivimos con-
siste no en evitar pérdidas, sino aumentar
ganancias en los que ya ganan. Es una defi-
nición, de ninguna manera una acusación,
digo con cierta inquietud. Y pienso, sin
saber nada de economía, que algo tendrá
un fin: cuando no queden más pobres, y no
se puedan importar mendigos del extran-
jero porque ya ese extranjero no quede
(África, el caladero más próximo, se está
acabando).
(Cuento a veces la parábola del diplo-
docus: el animal más fuerte y menos ata-
cable de la tierra crecía y crecía, y tenía que
alimentarse de las hierbas y los árboles; la
fauna herbívora se fue agotando. Y el diplo-
docus ya tenía que comer las 24 horas del
día, incluso dormido; hubo un momento
en que necesitaba más y más horas para ali-
mentarse, pero ya no había más en el día.
El que más se comía todo, lo suyo y lo de
los demás, murió de hambre por falta de
tiempo para comer más).
El régimen económico
en el que vivimos
consiste no en evitar
pérdidas, sino
aumentar ganancias
en los que ya ganan.
Es una definición, de
ninguna manera una
acusación, digo con
cierta inquietud.
El diplodocus no podrá más

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