Bruno López Aretio-Aurtena
E
l asunto sociológico no escondió
en ningún momento el trasfondo
religioso del lienzo, marcado por
la tonalidad negra que 20 obispos
y demás autoridades eclesiásticas
lucían retando a un sol de "justicia" que
imprimía la intensidad lumínica del conjun-
to. El apoyo de los altos cargos del partido
popular completó una composición engran-
decida por las figuras de Ángel Acebes y
Eduardo Zaplana, entre otros, luciendo
espléndido bronceado a juego con el gualda
de las banderas que acompañaban y amplia
sonrisa en armonía cromática con la tonali-
dad de la pancarta que portaban, pancarta
que más que sujetarla pareciera que gravita-
ba entre las masas de más de 180.000 ejem-
plares ciudadanos. El titulo de la obra "Por el
derecho a una madre y a un padre", también
conocida como "La familia sí importa".
Es justamente en el asunto familiar donde
intentaré centrar esta primera parte de la
reflexión. Como si se tratase de un lema eco-
logista "la familia sí importa" viene a adver-
tirnos del peligro de extinción de esta especie
amenazada, otrora base de la sociedad, esta
variedad se ha visto drásticamente mermada
por la perdida de valores, el olvido al respe-
to y el desprecio al orden y la tradición.
Construcciones simbólicas, pedestales inalie-
nables de nuestra nación que se enfrentan a
un nuevo y definitivo enemigo, la homose-
xualidad. ¿Pero de qué valores y de qué orden
nos hablan?, quizás la respuesta a esta pre-
gunta radique en el sentido patriarcal del
propio cristianismo, donde los rasgos tradi-
cionales de la mujer (la propia figura de María
es buen ejemplo de ello) han sido la sumi-
sión al hombre, la pureza, la lealtad, y la
capacidad de sufrimiento y de alimentar a los
hijos, este patrón encaja perfectamente con
el sentido tradicional de familia que exige la
supeditación de la mujer al hogar. Desde este
planteamiento quizás quepa plantearse cuál
es el verdadero factor de crisis de su con-
cepción arcaica de familia: ¿la liberación
sexual? O ¿la liberación de la mujer?
Nadie pone en duda la legitimidad de
dicha procesión, al igual que nadie pone en
duda el talante democrático de un país donde
las misses son elegidas popularmente por
sufragio telefónico, y es por ello que no con-
deno, aunque no logre dejar de condenarme,
el hecho de que la iglesia católica y adjun-
tos políticos (el trabajo de una buena oposi-
ción siempre consistió, con perdón de la
expresión, en "zurrir mierda") opinen y se
manifiesten en este aspecto. Bien pensado
esta institución, no sólo no ha opinado, sino
que se ha impuesto en cuestiones morales
desde tiempos de Constantino. El problema,
que muchos de los miembros de esta comu-
nidad denuncian, radica en el dogmatismo y
el monopolio ideológico de una élite conser-
vadora y reaccionaria que representa el poder
real de la institución católica y que se impo-
ne ante el conjunto, en absoluto homogéneo
y en parte heterodoxo, de sus bases. Se hace
valer una ideología anclada en el pasado y
anquilosado en función a su orden jerárqui-
co. La condena a la unión homosexual en
matrimonio no es en ningún caso dogma de
fe y no se cae en apostasía por defender una
opinión a favor de esta.
Finalizaré esta carta con un ejercicio de
fina demagogia recordando las palabras del
gran padre de la iglesia, San Agustín, que
escribió en una apoteósica defensa del celi-
bato "no hay nada que degrade tanto el espí-
ritu como el atractivo de las mujeres y el
contacto con sus cuerpos", de esta forma pro-
sigue que si un hombre se ve incitado por
"sus atributos femeninos" y no puede encon-
trar "alivio a sus pasiones", debe volverse y
"sembrar su semilla en un muchacho o en un
hombre"(Agustín, soliloquia I.40) induciendo
de esta forma a la homosexualidad e incluso
a la pederastia.
cnt
n°314 julio 2005
Opinión
2
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Anónimo en Internet
Me parece una injusticia y un error tratar de
impedírselo. El catolicismo no es una enfer-
medad. Los católicos, pese a que a muchos no
les gusten o les parezcan extraños, son per-
sonas normales y deben poseer los mismos
derechos que los demás, como si fueran, por
ejemplo, informáticos u homosexuales.
Soy consciente de que muchos compor-
tamientos y rasgos de carácter de las perso-
nas católicas, como su actitud casi enfermiza
hacia el sexo, pueden parecernos extraños a
los demás. Sé que incluso, a veces, podrían
esgrimirse argumentos de salubridad públi-
ca, como su peligroso y deliberado rechazo
a los preservativos. Sé también que muchas
de sus costumbres, como la exhibición públi-
ca de imágenes de torturados, pueden inco-
modar a algunos.
Pero esto, además de ser más una imagen
mediática que una realidad, no es razón para
impedirles el ejercicio del matrimonio.
Algunos podrían argumentar que un
matrimonio entre católicos no es un matri-
monio real, porque para ellos es un ritual y
un precepto religioso ante su dios, en lugar
de una unión entre dos personas. También,
dado que los hijos fuera del matrimonio están
gravemente condenados por la iglesia, algu-
nos podrían considerar que permitir que los
católicos se casen incrementará el número de
matrimonios por "el qué dirán" o por la sim-
ple búsqueda de sexo (prohibido por su reli-
gión fuera del matrimonio), incrementando
con ello la violencia en el hogar y las fami-
lias desestructuradas. Pero hay que recordar
que esto no es algo que ocurra sólo en las
familias católicas y que, dado que no pode-
mos meternos en la cabeza de los demás, no
debemos juzgar sus motivaciones.
Por otro lado, el decir que eso no es matri-
monio y que debería ser llamado de otra
forma, no es más que una forma un tanto
ruin de desviar el debate a cuestiones semán-
ticas que no vienen al caso: Aunque sea entre
católicos, un matrimonio es un matrimonio,
y una familia es una familia. Y con esta alu-
sión a la familia paso a otro tema candente
del que mi opinión, espero, no resulte dema-
siado radical: También estoy a favor de per-
mitir que los católicos adopten hijos.
Algunos se escandalizarán ante una afir-
mación de este tipo. Es probable que alguno
responda con exclamaciones del tipo de
"¿Católicos adoptando hijos? ¡Esos niños
podrían hacerse católicos!"
Veo ese tipo de críticas y respondo: Si bien
es cierto que los hijos de católicos tienen
mucha mayor probabilidad de convertirse a su
vez en católicos (al contrario que, por ejem-
plo, ocurre en la informática o la homose-
xualidad), ya he argumentado antes que los
católicos son personas como los demás.
Pese a las opiniones de algunos y a los
indicios, no hay pruebas evidentes de que
unos padres católicos estén peor preparados
para educar a un hijo, ni de que el ambien-
te religiosamente sesgado de un hogar cató-
lico sea una influencia negativa para el niño.
Además, los tribunales de adopción juzgan
cada caso individualmente, y es precisamen-
te su labor determinar la idoneidad de los
padres.
En definitiva, y pese a las opiniones de
algunos sectores, creo que debería permitír-
seles también a los católicos tanto el matri-
monio como la adopción.
Exactamente igual que a los informáticos
y a los homosexuales.
Hasta que la muerte nos separe
Para un tema tan sórdido como el que acontece, qué mejor forma de iniciar esta carta con un devaneo artístico. Me
encuentro todavía aturdido ante la potencia visual de la manifestación contra las bodas gays que el pasado 18 de junio
atravesó las vías madrileñas convocada por el foro español de la familia. Todo un marco incomparable propio de una
obra puntillista de la talla del mismísimo Paul Signac
El problema radica en el dogmatismo y el
monopolio ideológico de una élite conservadora y
reaccionaria que representa el poder real de la
institución católica
Los católicos, pese a que a muchos no les gusten o
les parezcan extraños, son personas normales y
deben poseer los mismos derechos que los demás,
como si fueran, por ejemplo, informáticos u
homosexuales
¿Tienen l@s católic@s derecho a adoptar?
En defensa del derecho de tod@s al matrimonio. No a la discriminación.
EL ROTO
L
Laa p
po
olléém
miiccaa d
dee llo
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maattrriim
mo
on
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ho
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