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Indymedia Argentina
Casi nadie sabe o cree que hubo una revolución
en España. ¿La hubo?
Sí, claro que la hubo, aunque ha quedado oculta
por la mentira. De todos modos, cuando dices la
verdad tarde o temprano se te reconoce esa ver-
dad. Para empezar, hay que tener en cuenta las
Comunidades de Castilla. El único historiador
que ha hecho una reflexión seria sobre eso ha sido
Maravall. En 1519 nos anticipamos dos siglos a la
revolución de 1789, porque en esencia se trata de
la misma revolución. Aquella gente tenía un
concepto de democracia muy avanzado, se hablaba
por ejemplo del mandato imperativo. El regidor
que se nombraba para representar a la comunidad,
si no respetaba la voluntad popular, el mandato
imperativo, era automáticamente cesado, como
pasó en Segovia por haber votado los impuestos
que exigía Carlos V. Era tan radical aquella visión
que de hecho el anarquismo no hizo más que re-
tomar el hilo de la historia y arrastrarlo hasta 1936.
No se puede hablar de revolución en España en 1936
sin tener en cuenta los períodos de la historia en
que esa revolución era algo que estaba en suspenso.
Malraux, hablando de la revolución española,
decía que era algo que estaba en suspenso, que se
veía venir a través de la historia de España.
Si se puede decir que la revolución ha estado
en suspenso hasta 1936, a juzgar por la rea-
lidad también podría decirse que la contra-
rrevolución ha campado a sus anchas a lo
largo de la historia.
Desde luego. Para muchos la historia de España co-
mienza con Fernando e Isabel, lo anterior no
existe. Con la particularidad de que con la cultu-
ra árabe España había entrado ya en la moderni-
dad. Con los reyes católicos, cuando se expulsa a
judíos y árabes España retrocede dos siglos, se hun-
de en la edad media. Esos son dos siglos de retraso
que ha tenido España. Aquí aún tenemos es-
tructuras feudales. Aristocracia, una concepción
social que no se corresponde con la que hay en Eu-
ropa. Latifundios... Problemas que nosotros re-
solvimos en 1936.
¿Ustedes?
Fue el pueblo quien los resolvió y de manera in-
mediata. La república intentó hacer la reforma agra-
ria pero no puedo llevarla a cabo porque no se atrevió
a enfrentarse con la aristocracia que era la que te-
nía el poder. Pero nosotros llegábamos, ocupábamos
el terreno y se creaba una colectividad, así de sim-
ple. Y si el aristócrata o el burgués quería formar
parte de la misma, se le admitía, si no se le echa-
ba. Pero no se echó a los que querían integrarse,
a los que aceptaron las reformas, los planes de ex-
propiación. El dueño de la fábrica que no tuvo mie-
do y se quedo a formar parte de la colectividad se
integró. Incluso a veces participaba del control,
pero si no lo aceptaba, se le quitaba de en medio.
No era cuestión de retrasar la marcha en los obs-
táculos que se pudieran encontrar. En esos aspectos,
la revolución española superó a la propia revolu-
ción rusa.
¿En qué sentido dice eso?
La revolución rusa apenas sobrevivió tres meses,
mientras que la nuestra duró hasta 1939. La eco-
nomía estuvo en manos de los trabajadores y se
consiguió descentralizar totalmente el poder. El
poder local tenía una personalidad: los comités.
A pesar de la Generalitat, en los pueblos funcio-
naban los comités, existía una especia de demo-
cracia directa, no se prohibieron los partidos
pero éstos enviaban a sus representantes al comité.
No había programas, los programas consistían en
resolver las necesidades imperiosas del pueblo. 7
u 8 representantes votados por la asamblea popular
tenían que cumplir con la voluntad popular. Si no
funcionaban, se les cambiaba y con los altibajos
que se quiera, aquello funcionó. Por ejemplo, la
línea de ferrocarril se electrificó durante y a pe-
sar de la guerra. Se distribuyó la tarea por secto-
res y cada ayuntamiento asumió la parte que la
tocaba. En tres meses la obra estaba terminada.
Hoy una cosa así es inconcebible. Se daba traba-
jo a los parados del pueblo. Los salarios se pro-
porcionaban desde la cooperativa del pueblo ya
que era una obra de interés para todos.
¿A pesar de todas las carencias y dificultades?
A pesar de todo. Y es que cuando hay hambre, si
todo el mundo pasa hambre y no hay ningún pri-
vilegiado que no la pase, entonces eres feliz con
tu hambre. Estás compartiendo la desgracia co-
lectiva, el problema llega cuando hay un grupo de
gente que está comiendo bien y los demás se mue-
ren de hambre. En general, la gente soportaba todo
aquello porque era igual para todos. Recuerdo al
Conseller de Defensa de la Generalitat. Su mujer
iba por la mañana a hacer la cola del pan, a recoger
su ración, cuando el por su cargo podía haber pe-
dido que le llevaran el pan a casa, era un hombre
de culto. Es decir, la igualdad no era un mito, era
una realidad.
¿En qué partes del territorio se puede decir que
hubo una revolución?
Alcanzó toda la zona republicana aunque no por
igual. Hubo zonas en que la CNT era minoritaria.
No obstante, allí también se produjeron colecti-
vizaciones. Hubo, en cambio, algún pueblo con
poder cenetista donde todo quedó igual. En otros
coexistieron colectivizaciones socialistas junto a
otras libertaria; la socialista respetaba a la propiedad
privada y los métodos eran más autoritarios.
Pero en general, las colectivizaciones se extendieron
por toda la república.
¿Cuáles fueron las características más signi-
ficativas de esa revolución?
Sus rasgos más definitorios se dieron en realidad
el 6 de octubre de 1934 en Asturias. Allí la alian-
za obrera entre CNT y UGT fue la que hace que apa-
rezca ya la comuna, la colectivización era un
acuerdo entre socialistas y anarquistas con el
que se intentaba conseguir un socialismo liber-
tario pero en general fue la tendencia libertaria
la que influyó en esa revolución. Hasta ese mo-
mento la CNT había intentado movimientos de
carácter insurreccional pero no había alcanza-
do a las bases de la UGT. La alianza era impres-
cindible. En una población activa de 9 millones
de trabajadores, la UGT contaba con un
1.200.000 afiliados y la CNT con
1.500.000, nada que ver con la afilia-
ción de hoy. La gente era muy activa aun-
que la burocracia socialista frenaba la
alianza entre sindicatos. Pero en las elec-
ciones de febrero del 36, ganó el fren-
te popular frente a las candidaturas de
las derechas. Cuando la izquierda llega
al poder la gente que la ha votado no es
ya la misma que la había votado en el 31.
Algo ha cambiado, hay más experiencia.
Los partidos de izquierda llegan al poder
pero las bases se guardan el poder de ac-
ción. No esperan que haya una amnistía si
no que pasan a la acción y de inmediato abren
la puerta a 80.000 presos. Los campesinos no
esperan a que se reinicie el debate de la reforma
agraria si no que se lanzan a ocupar las tierras. En
el mes de marzo son 80.000 los campesinos que
en Extremadura, Andalucía y La Mancha se incáutan
de los feudos. No toman la tierra para ellos sino
que la colectivizan, la toman para trabajarla en
comunidad. En marzo de 1936 se inicia la revo-
lución de manera pacífica
Sin embargo, al gobierno republicano no pa-
recía que le gustara mucho lo que estaba em-
pezando a pasar.
Es verdad, el gobierno de Azaña no lo ve con bue-
nos ojos. A ningún político le gusta verse desbordado
por las bases, pero tampoco puede enviar guari-
das civiles a expulsar campesinos. Y las comuni-
dades agrícolas empiezan a desarrollarse. Mientras
tanto la derecha se precipita hacia el golpe mili-
tar. Aleccionada por la revolución de octubre
fortifica sus alianzas. Por otra parte, cuando se pro-
yecta el golpe militar la alianza entre CNT y UGT
también se había consolidado.
Esa alianza incipiente era una amenaza terrible
para las clases conservadoras. Quizá les hizo
acelerar la preparación del golpe.
En parte sí, pero no se puede separar el conflic-
to español del contexto internacional de la épo-
ca. Es el momento de auge de los fascismos, está
el problema de Marruecos. No se trata de un pro-
blema doméstico si no que está internacionalizado
y es desde ese momento que nosotros ya hemos
perdido la guerra. Franco asegura a Inglaterra y
a Francia un régimen fuerte que garantiza la
propiedad privada y su posición en el Mediterrá-
neo. Desgraciadamente, España es el punto más
estratégico del Mediterráneo. Es en ese contex-
to que puede afirmarse que desde el principio está
perdida la guerra. ¡Claro que hubo revolución
en España! Pero en un contexto internacional en
el que no podía sobrevivir. Hay aspectos de nues-
tra guerra que han sido silenciados. Por ejemplo
el problema de Marruecos. La fuerza militar de
Franco está en Marruecos. Cuando estallas el
conflicto en España los obreros están desarmados.
La república no les da armas. A pesar de ello los
obreros derrotan en Barcelona a los sublevados y
Barcelona eran en aquellos momentos el faro de
España. Si ellos hubieran conseguido dominar Bar-
celona, se habría perdido desde el primer momento
pero al derrotar a los fascistas en 32 horas, se en-
valentonó todo el mundo y Madrid también les de-
rrotó. Cuando se supo por radio la noticia de que
Goded había sido hecho prisionero en Barcelona
y de que la revuelta había sido dominada, le fue-
ron a decir a Azaña: "Presidente: los catalanes han
derrotado al ejército. Goded ha sido hecho prisionero".
Azaña contestó: "Eso no puede ser, es un cuen-
to que están propagando los catalanes. Anda, pon-
me con Companys. Oye, Lluís -se trataban así-, ¿qué
pasa ahí en Barcelona?" Companys le dijo: "Nada,
que somos los amos". "¿Cómo, los amos? ¿Pero qué
ha pasado? ¿Qué es eso de que está preso Goded?"
Sí, sí. Lo tengo aquí conmigo en mi despacho". "Y
como ha sido?" "Pues ya ves, esos anarquistas lo-
cos que se han echado a la calle". A partir de ahí
empezó todo el follón. Son tantas cosas...
Me contaba lo de Marruecos...
Sí, la noche del 18 al 19 de julio Franco ya se
había hecho su programa. Ellos habían
confiado mucho en los 35.000 hombres
que tenían en África, pero tenían que
trasladarlos a España. Azaña, muy equi-
librado, encargó un gobierno de
crisis a Martínez Barrio y que se pu-
siera en contacto con los faccio-
sos. Es cuando Mola le dijo:
llegas tarde, esto es imparable.
Así Azaña encargó un nuevo
gobierno a José Giral. Éste, sin
consultar a Azaña armo a
los trabajadores socialistas
(no a los anarquistas). Em-
piezan a prepararse mili-
cias en Madrid. Manda un
telegrama Leon Blum pi-
diendole armas para combatir
el golpe militar. Lo pide con
fuerza porque Francia se había
comprometido a abastecer de ar-
mas al pueblo español cuando lo
necesitara, armas pagadas por
adelantado con un depósito en la
banca francesa. Hay un pacto fir-
mado. Pero la burguesía francesa
se niega. Blum se desplaza a Lon-
dres y allí le dicen que no se meta,
que se maten entre ellos. Es cuan-
do el idea el pacto anti-intervención,
es una manera de apoyar a Franco
y de perder la República. Francia que
estaba obligada a ayudar se niega. Ma-
rruecos es un problema muy impor-
tante. España no había firmado un
protectorado con el Sultán. España
estaba en Marruecos por presión de los
ingleses que no querían que Francia se
pusiera enfrente de Gibraltar. Así, Espa-
ña queda como gendarme de Gibraltar. Hay
un acuerdo en 1904 entre Francia y España
para repartirse Marruecos: Francia se com-
promete en el supuesto de que España no pue-
da garantizar el orden a ayudarla. España se
compromete a que no dará la independencia a su
zona ni apoyará a otra potencia. Giral le recuer-
da este punto a Francia. Es el momento de que Fran-
cia entre en juego, pero no lo hace. Los fascistas
pasan sus tropas a la península con ayuda de Hi-
tler. Pero aquí intervienen los anarquistas, formando
un comité de milicias, que se crea el 21 de julio,
y la gente que forma parte de ese comité asume
la consejería de defensa de la Generalitat. Se en-
contraba aquí un representante de la liga árabe.
Se intentó un acuerdo con los resistentes marroquíes.
Este representante se va a Ginebra, donde habla
con los representantes de la liga. Ellos se com-
prometen a alzar las cabilias e impedir que Fran-
co siga nutriendose de las levas marroquíes.
Firman un acuerdo pero los árabes del Comité de
Acción Marroquí eran todos gentes del aparato:
propietarios, burgueses. Dicen: estamos de acuer-
do con vosotros los catalanes pero lo que hemos
firmado tiene que estar avalado por el gobierno
central. Entonces se desplazó una comisión a
Madrid. Julián Gorkin, por el POUM, Jaume Mi-
ratvilles por ERC, Aurelio Fernández por la CNT y
Rafale Vidieia por el PSUC. En Madrid les dijeron:
como se les ocurre a ustedes los catalanes asumir
una cuestión internacional. Largo Caballero se lo
comunicó a Blum, y éste le dijo que ni hablar. Blum
tenía muchos problemas en el Marruecos Francés
y los ingleses tenían problemas en Egipto: si ar-
mamos el follón en el Rif, los alzamientos podrí-
an correr como un reguero de pólvora. Los
anarquistas sabían que sería fácil aproximar la re-
volución al sur porque eran pueblos atrasado
económicamente. Y sabían que al norte sería
más difícil con los comunistas y los socialistas. Fue-
ron problemas internacionales muy enrevesa-
dos. Largo Caballero se arrepintió. Blume también,
pero mucho más tarde. Largo Caballero intentó ce-
der Marruecos a ingleses y franceses para que ayu-
daran. Todo esto va unido a la cuestión de que nues-
tra guerra se produjo en un contexto internacional
que podríamos considerar como el capítulo final
de un período histórico en el que en cierto modo
el honor del proletariado es salvado por los pro-
letarios españoles que hacen la revolución más pro-
funda que se conoce en la historia, como he
dicho más que la revolución rusa. Incluso se pue-
de decir que la revolución española enlaza con la
comuna del 1500 y con la comuna de París. Es la
heredera de todos esos procesos históricos.
¿La revolución que grado de penetración tuvo
en el tejido económico?
En Cataluña, se puede decir que toda la industria
quedó colectivizada. Luego surgió el problema de
los inversionistas extranjeros que empezaron a re-
clamar, a quejarse a los embajadores... Hay que
tener en cuenta que la economía española esta-
ba un 45% monopolizada por el capital extranjero,
una cosa parecida a la de Cuba cuando la revolu-
ción. Y una revolución quiere intervenirlo todo por-
que si quedan bolsas de miseria entonces no es una
revolución. Nosotros colectivizamos los tranvías,
metro, industria... Aquí todo era textil, no había
industria pesada y hubo que crearlas con las 50
fábricas que se crearon de armamento. Lo curio-
so es que a los 15 días de revolución ya se fabri-
caba trilita, dinamita y obuses. Antes habían
fábricas importantes pero sin grandes concen-
traciones de obreros. El comité de milicias formó
un comisión y unificó a tres sindicatos: Químico,
Metalúrgico y minero para formar la industria de
guerra. Allí se puso a Eugenio Vallejo, un obrero
metalúrgico, en poco tiempo se recogieron todos
los tornos y fresas disponibles de entre los muchos
pequeños industriales repartidos por Cataluña y
se logró concentrar diez fábricas en grandes so-
lares que lograron emplear a 150.000 trabajado-
res en tres turnos. O sea que la gran concentración
industrial que la burguesía fue incapaz de reali-
zar la realizamos nosotros, todos los trabajadores.
Todo esto estuvo administrado por los comités de
fábrica y los sindicatos hasta 1939. Hubo una in-
jerencia oficial del ministerio de defensa que
quiso intervenir. Nombró directores para la fábrica
y cuando llegaron ocuparon despachos, pero
nada más. De allí no salía ni una bala, ni un fu-
sil si no era con lo firma del comité de defensa. Po-
día salir sin la firma del director pero no sin la del
comité. Estuvieron siempre administradas por asam-
bleas. Lo máximo que se puede alcanzar en una
revolución parcial como era la nuestra. En la in-
dustria textil se funcionaba igual: con comités de
fábrica coordinados por el consejo de economía,
nombrado por los sindicatos. Sobrevino las crisis
de las materias primas. No se podía producir de-
bido al embargo. Los que mejor se lo montaron fue-
ron los valencianos, que se organizaron muy
bien. El ministro de agricultura, comunista, in-
tentó intervenir en eso sin conseguirlo. Valencia
exportaba cítricos a Inglaterra y con las divisas
compraba lo que necesitaba. A pesar de las pegas
que ponía el ministerio de agricultura esto se man-
tuvo así hasta el final de la guerra. Había problemas
de abastecimiento, de comida. En Valencia, el con-
sejo técnico trabajó la chufa, la manipuló quí-
micamente y llego a extraer una leche con calidad
suficiente para amamantar. Se trató química-
mente la fibra vegetal. Luego los americanos in-
ventarían el nylon con el mismo procedimiento.
Era un revolución obrera. Y los obreros no tení-
an grandes conocimientos técnicos pero sí prác-
ticos. Así, se crearon los institutos obreros para
chavales como yo. Allí, a marchas forzadas te es-
pecializabas en economía, química, estudios
muy concretos. Y eso aportó gran cantidad de jó-
venes en condiciones de poder mejorar la agricultura,
por ejemplo en Aragón. Allí toda la agricultura que-
dó colectivizada. Y a los campesinos les dio la ma-
nía de hacer estudios de agronomía, para cultivar
mejor las tierras, para hacer granjas experimen-
tales. Todo eso era lo que iba a dar la base esen-
cial de la economía de la revolución. En Aragón
fue donde más se colectivizó la tierra.
¿Y en Cataluña, donde estabas tú?
En Cataluña se tropezó con organizaciones cata-
lanistas como ERC, el campo era de otra manera.
Los pequeños propietarios tenían sus cultivos di-
seminados en minifundios, con un pedazo aquí
y otro allá. Ellos tuvieron la gran virtud de unir
todas las tierras para producir más y con menos
cansancio. Así pasó en Aragón y menos en Cata-
luña. Líster decía estúpidamente que las colec-
tividades fueron impuestas. Siempre había gente
en desacuerdo claro. Pero la ambición era elimi-
nar la propiedad privada, la explotación del hom-
bre por el hombre. Darle a la mujer ventajas que
nunca había tenido... Por ejemplo una de las pri-
meras cosas que aportaron las colectivizaciones
fueron los lavaderos colectivos, las guarderías, es-
cuelas donde no había. La mujer ganó tiempo. En
una colectividad donde viví, las mujeres jóvenes
utilizaban ese tiempo creando cuadros escénicos,
haciendo teatro, o con otras iniciativas cultura-
les... La que mas sabía ayudaba a la que menos.
¿Fueron muy traumáticas las expropiaciones
de las fábricas?
Pues no: a veces los dueños se quedaron y cola-
boraron pero en general cuando amos y técnicos
vieron que los trabajadores se echaban a la calle
y derrotaban al ejército se esfumaron. Cuando en-
trabas en las fábricas, ya solo quedaban las má-
quinas. Los obreros se encontraba solos y se
dijeron: ¿Qué hacemos?. Y se pusieron a trabajar
formando comités para hacer funcionar las fábricas.
Yo tuve la suerte de pasar por toda clase de ex-
periencias. Pasé por una calderería, por un insti-
tuto obrero, estuve en el campo... El jefe de la
calderería tenía 50 obreros pero era un hombre muy
campechano. Cuando le colectivizaron la calde-
rería se presentó y dijo: yo me quedo, ¿qué hago?.
Soy técnico, ¿os puedo dar consejos?. Y allí estuvo,
cobrando un salario como los demás. Y después
fue a la cárcel como los demás. Incluso se colec-
tivizaron las barberías. Me sorprendí cuando en
la revolución de las cláveles, en Portugal, llegué
allí en avión. Salgo del aeropuerto y veo a un tío
limpiando zapatos. Me dije, ¿qué clase de revolución
es esta?. Y le dije al tío: ¿qué haces limpiando za-
patos?. Es mi oficio contestó el otro. ¿La revolu-
ción no te ha liberado aún de la caja de zapatos?.
Y le pegué un puntapié a la caja. Eso se terminó,
que cada uno se limpie los zapatos en casa.
¿Qué pasó con las empresas extranjeras?
Estuvieron controladas hasta el final de la guerra.
Pero es curioso, en la cámara de la propiedad es-
tán los balances de aquella época... Cuando lle-
garon los propietarios de nuevo, en el 39, se
encontraron que sus fábricas tenían superábit y
una mayor producción que antes de la guerra. Aho-
ra ha salido a la luz la contabilidad de la época.
Desde el punto de vista económica aquello no fue
un fracaso, porque no fue una economía dirigida
sino una autogestión. No fue la autogestión de Tito:
en Rusia tampoco hubo autogestión. Uno de los
grandes errores es que cuando se crearon los so-
viets de fábrica y se dirigieron directamente a los
mineros para abastecerse inmediatamente llegaron
los interventores del estado y la intervención
derivó en la parálisis de los primeros tiempos de
la industria soviética. La antigua estructura sin-
dical sirvió de columna vertebral al desarrollo de
la economía obrera. En Rusia no existía eso, tu-
vieron que inventarlo y fue una revolución cam-
pesina más que otra cosa. Nosotros dimos soluciones
a muchos problemas que se han planteado después.
Por ejemplo, Tito copió muchas cosas de nuestra
economía, desgraciadamente con carácter au-
toritario, centralista.
En la discusión de si es mejor una autogestión
dirigida por el mercado o una economía to-
talmente planificada, en el caso de la revolu-
ción española hubo una peculiaridad, que es
que las necesidades de la guerra imponían una
determinada manera de producir. Pero en
unas circunstancias en que no hubiera habi-
do guerra ¿la revolución habría optado por una
economía de autogestión con mercado?
No creo. No porque en España habría tenido que
existir como mínimo un sistema mixto. Si no
nos habríamos encerrado en una especie de au-
tarquía. Tampoco teníamos grandes pretensiones.
La gente solo pretendía vivir, aunque fuera po-
bremente, con dignidad. No te importaba ir con
alpargatas pero querías tener por lo menos las al-
pargatas, un trozo de pan con aceite y un ajo. Se
practicaba mucho el intercambio. Aragón hacía mu-
chos intercambios con Tortosa, por el arroz. Lo im-
portante es que hubiera lo básico. Nosotros dimos
un valor a las cosas que nada tiene que ver con la
concepción marxista del valor, ni con la capita-
lista. Creamos una moneda no acumulativa sin va-
lor alguno, los bonos. Tu en la colectividad lo tenías
todo pagado. El único control que tenías era el de
la comunidad, el de tener que ir a trabajar. Si el
domingo tenías ganas de ir a otra colectividad, uti-
lizabas los bonos porque no formabas parte de esa
otra colectividad. Si querías tomar un café en al-
gún otro sito pagabas con los bonos. Pero no
eran dinero. Era un elemento de control. Con
ellos tampoco podías comprar alpargatas o pan-
talones porque ya te los daban en tu colectividad.
No podías decir: tengo 10.000 ptas. en bonos. ¿Qué
ibas a comprar, si no había nada que pudieras com-
prar con ellos? Nosotros, en nuestra colectividad
teníamos aceite. Era difícil calcular las cantidades
con que se debían hacer los intercambios pero ha-
bía otra mentalidad. A la gente de Tortos se les daba
más aceite de lo que valía el arroz.
¿Se consiguió hacer desaparecer al 100% el di-
nero en las colectividades?
Sí, en muchos sitios en el campo dejó de existir.
Aunque en la industria el asunto era más delica-
do. Pero por ejemplo el problema del alquiler es-
taba resuelto. Con la comida no había problemas,
podías comer en la fábrica o en la cantina. Un hom-
bre casado con dos hijos podía ganar lo equivalente
a cuatros personas. Un soltero ganaba menos
claro. Si un soltero tenía a su cargo a su madre te-
nía una prima. Se trataba de un salario familiar
menos arbitrario que el convencional.
¿En cualquier caso de la revolución no ha
quedado nada, ni siquiera la memoria? La
derrota militar lo borró todo.
Nosotros ganamos la revolución, lo que perdimos
es la guerra. La revolución consiste en que los tra-
bajadores se hagan dueños de los instrumentos
de trabajo y no fracasen en la gestión de los me-
dios de producción. La revolución no fracasó,
fue derrotada militarmente. Quizá con el tiempo
se hubiera desarrollado una burocracia parali-
zante pero eso nunca lo sabremos. Hay victorias
que son derrotas y derrotas que son victorias. Si
lo de Rusia fue una victoria, ¿quién venció?, ¿los
obreros?. No. En cambio la comuna de París fue una
gran victoria obrera. Lo nuestro, también. Fue una
victoria revolucionaria aunque se produjo una de-
rrota militar. Llevamos la revolución hasta don-
de nos fue posible.
El olvido de esa revolución que tú viviste, que
vivieron tantas personas que aún están vivas
es ciertamente incomprensible.
Se ha querido olvidar. Ha habido la voluntad po-
lítica de ocultarla. Sí, porque hay mucho miedo.
El anarquismo está muy enraizado en España. El
orgullo, la resistencia son valores propios de
nuestra gente. Entre nosotros la anarquía es una
actitud natural que nace de la rebeldía ante la in-
justicia, no es una teoría. El ser humano de cual-
quier época tendrá siempre ese espíritu de rebeldía.
Hoy hay un anarquismo virtual en los okupas, en
los insumisos, en la lucha feminista, en todas esas
luchas parciales y es bueno que se desarrollen pa-
ralelamente a la lucha política porque un parti-
do político ahogaría todo eso. En ese aspecto
soy bastante optimista, pienso que puede resur-
gir porque nosotros aún somos rebeldes. Lo que
para otros es modernidad, en realidad es una
moda. Me gustaría que se formara una platafor-
ma donde estuvieran los okupas, los ecologistas,
feministas... en un pacto solidario. Esas son las
nuevas formas de organización. Hay mucho anar-
quismo en la calle, en el individuo, pero eso no se
puede organizar. Yo quiero esperar que el futuro
no sea barbarie, sino socialismo. El capitalismo no
sabe a donde va: ha perdido el rumbo y quiero ser
optimista, y por eso pienso que el tercer mundo
nos va a dar muchas lecciones.
cnt
n°316 octubre 2005
Entrevista
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Entrevista
cnt
n°316 octubre 2005
1
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"El anarquismo está muy
enraizado en España"
Indymedia Argentina entrevista a a Abel Paz
"Se ha querido olvidar. Ha habido la voluntad política de ocultarla. Sí, porque hay mucho
miedo. El anarquismo está muy enraizado en España."(Abel Paz).
Quizá una de las últimas personas que pueden dar testimonio vívido de la, pretendemos
no sea, olvidada revolución libertaria es Abel Paz, seudónimo de Diego Camacho,
historiador y biógrafo de Durruti, autor de numerosos libros entre los que se encuentran
los cuatro ejemplares que componen su obra autobiográfica, abarcando desde su
temprana e ilusionante militancia anarquista hasta el horror de las cárceles franquistas.
Hay mucho anarquismo en la calle,
en el individuo, pero eso no se puede
organizar
JAM

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