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Germinal
U
n personaje de una reciente novela asegura
que lo bueno de residir en la costa es que
nadie te pregunta por tu pasado. Ni por lo
que haces en la actualidad, añadiría yo, a
tenor de lo que se ha publicado sobre
Marbella. Todos tenemos un pasado que ocultar, unos más
inconfesables que otros. Difuminarlo es más fácil en un
lugar impersonal, donde nadie se conozca y en el que el
"buen tiempo" sea un lugar común en la conversación y
facilite el discurrir de los días. Se llame como la localidad
de Puerto Banús o como cualquiera de la costa gaditana,
sea Chipiona, Conil o Zahara de los Atunes. Esta cuestión
era el tema central de la novela que Almudena Grandes
escribió hace unos años y que ahora Gerardo Herrero,
como se decía antes, ha llevado a la pantalla. Ambos con
un título tan sugerente como el de Los aires difíciles.
La película ha sido premiada en el reciente festival de
Málaga. Decisión que ha originado polémica. Es cierto que
es una obra irregular, que lleva sobre sí la carga de la com-
paración con la novela y no poco aporta tanto en su men-
saje como forma. Pero no es menos verdad tampoco que
no es peor que otras muchas películas españolas, que su
trama es capaz de interesar y que el guión ha hecho per-
fectamente comprensible un relato no tan fácil. Aunque
haya espectadores que no terminen de asociar al prota-
gonista con o sin barba. El resultado es que colocadas en
una balanza las virtudes y defectos se equilibran. Así el
espectador puede dejarse llevar e introducirse en las vici-
situdes de los protagonistas.
Hay que destacar el trabajo de los actores. Todos ellos
son capaces de dar credibilidad a unos personajes muy
pegados a tierra: la mujer que lucha denodadamente por
salir de su situación; el niño que se debate entre la ima-
gen de un padre idealizado y su realidad y los forasteros
que intentan reconstruir sus vidas. Todos ellos se entre-
cruzan, terminan dependiendo unos de otros y dibujan un
complejo mosaico. La historia está construida a base de lar-
gos flash backs y con un punto de película policíaca. No
sólo por el carácter de los acontecimientos relatados, sino
también por la estructura de suspense en su resolución.
Además de los actores, hay que destacar la fotografía.
Recoge con cierto misterio, sin perder la luminosidad, la
situación que se narra. Así, el paisaje termina por incor-
porarse a la acción. Como en las secuencias desarrolladas
en la playa o el tono tenebrista del pasado del que se quie-
re huir. También es de agradecer que, en líneas generales,
se escape a la tentación de presentar al tópico andaluz. Por
el contrario se nos muestra la impersonal geografía de las
urbanizaciones en las que buscan refugio los forasteros que
huyen de su pasado. A veces inútilmente. Como es el caso
del protagonista a quien persigue el policía, fiel amigo de
correrías del hermano muerto. Busca, en la figura del inca-
pacitado, la llave que le dé la solución cómo se produjo su
fallecimiento que no duda que fue provocado. De ahí que
recurra incluso a la violencia para alcanzar su confesión.
Pero no es el único "malo". Todos tenemos algo que
esconder. Como tampoco todo es brillante en el "Sur". Ese
Dorado de desconocidos en el que se esconden los del
"Norte". Todo norte termina siendo sur de otro lugar. Como
en todas partes cuecen habas. Nadie está libre de alguna
culpa. Unos acuchillan a la compañera que intenta salir
del pozo de la marginalidad y buscan reconstruir su vida
junto a quien también quiere empezar de nuevo. Otros
echan capas y capas de tierra para enterrar a quien le
robó su vida. La vida no es en blanco y negro, sino que
tiene muchas tonalidades. Todos tenemos nuestros agu-
jeros negros de los que desearíamos escapar.
Mostrarnos esta complejidad es la gran virtud de la
película de Herrero por encima de sus deficiencias. Otra
es que consigue hacerse autónoma de la novela en la que
está inspirada. Siempre habrá quienes las comparen, pero
será más una cuestión de esgrima intelectual que de dudas
sobre la dependencia de la película de la obra literaria. Los
aires difíciles
está escrita con leguaje cinematográfico y,
por tanto, es algo distinto de la obra de Almudena Grandes.
Huir del ayer se torna casi imposible. Hay que apren-
der a convivir con él. De la corrupción franquista vienen
los lodos de hoy de Marbella. El modelo de la "jet set" de
los años sesenta y setenta, tan añorado por algunos, es
el cimiento del de alpargata y chandal de hoy. Entre los
Roca de hoy y los Hohenlohe de ayer apenas hay la dis-
tancia de la estética. No es poco, dirán algunos. Es ver-
dad, pero tampoco es menos que unos y otros son en el
fondo iguales. Y eso es lo que importa.
Arnold Layne
A
ver, quién se acuerda de los diez manda-
mientos, en su orden, eh, y sin saltarse ni
uno... ¿verdad que no es el primero "No mata-
rás"? Relegar la pena de muerte a un orden
secundario es impropio de sociedades civili-
zadas, y que Dios en su misericordia nos perdone por no
amarle por encina de cuestión tan radical. El destino de
los polacos es paradójico (nadie ha explicado satisfacto-
riamente por qué Conrad abandonó su lengua materna y
escribió su obra en inglés); Marek Hlasko llegó a las libre-
rías españolas vía traducciones del francés y Kieslowski
realizó su trilogía (Azul, Blanco, Rojo) amparándose en
un background de producción también francés. Y en uno
de los aspectos que a nosotros nos interesa, "hooligan",
esa palabra que define al hincha del Wembley Stadium
resulta que originariamente es polaca (asuntos polacos es
lo que estamos tratando, pues).
Incidiendo en la sordidez más absoluta a partir de una
fotografía en color resuelta en grano duro con austeridad
monocromática (el verde del espanto como elemento dra-
mático conductor de la acción), Kieslowski lleva a cabo la
reflexión más gélida que se haya filmado sobre la pena de
muerte (que ya es un género en sí mismo en el cine, pue-
den citarse más de una docena de películas abolicionistas).
El argumento: un campesino de 21 años, Jacek
(Miroslaw Baka) llega a Varsovia en busca de trabajo (como
Rocco, y sus hermanos, en la de Visconti); después de un
indolente paseo por una ciudad insolentemente fúnebre
asesina a un taxista (Zbigniew Zapasiewicz) en un des-
campado (como Pasolini murió en el idroscafo de Ostia,
recordado en la Roma idealizada de Caro diario). El pro-
ceso nos es incautado. El muchacho es ahorcado.
El punto de vista del director y el guionista: deben
ser hermanos..., se suele decir que Kieslowski es "pro-
fundamente católico" (en realidad es el tópico más difun-
dido sobre Polonia, y Woytila no nos dejará mentir), así que
ambos lo dejan claro desde el principio, la divisa de la
película es aquello de el que a hierro mata a hierro muere;
no obstante, hay una ligera discrepancia que el abogado
de oficio expresa vagamente al tribunal examinador que
lo convierte en tal: desde Caín, los más atroces castigos
no han conseguido que el género humano deje de matar.
Esto es obvio, así que distanciémonos y recapacitemos: se
cumplen diez años de la muerte de dos cineastas de esos
peñazos, popularmente llamados "lentos" desde los tiem-
pos del añorado programa doble, Marguerite Duras (a la que
se homenajeó en marzo con una retrospectiva de su obra
en el Instituto Francés que presentó Jeanne Moreau) y el
que nos ocupa. Duras ya expresó su punto de vista sobre
el genocidio atómico en el guión de Hiroshima mon amour
que dirigió Resnais; sin embargo, cuando los muertos no
se cuentan por cientos de miles o millones, Marguerite
vacila, he aquí dos ejemplos extraídos de su obra perio-
dística ­la más difundida, por tanto-: "Dado que no han
pasado la escarlatina entre los 9 y 10 años, son responsa-
bles de la cuchilla que va a cortar a lo vivo este creci-
miento absurdo" (France-Observateur, 1958), refiriéndose
a dos muchachos de 19 años que mataron a otros dos jóve-
nes para robarles, caso similar al que cuenta el cineasta
polaco; en el mismo periódico, y basculando entre 1957 y
1958: "Yo creo que hay que admitir la verdad de las tinie-
blas. Creo que hay que matar (ya que se mata) a los cri-
minales de Choisy, pero que se renuncie de una vez para
siempre a interpretar las tinieblas de las que salen, ya que
no es posible conocerlas partiendo de la luz (Outside, Plaza
y Janés Editores, abril 1986; traducción de Clara Janés).
Incluso contando con el inesperado homenaje a Maldoror
que destilan las citas, la ambigüedad de la escritora es
notable, y no creo que estemos descontextualizando, más
bien al contrario, situamos su opinión en un tiempo en el
que tres generales gobernaban en Occidente (Franco, De
Gaulle y Eisenhower).
La cuestión formal: evidentemente, si invitas a tu
chica un sábado por la noche a ver esta peli, no podrás
disfrutar de la pizza posterior e incluso es posible que
pierdas la novia. Kieslowski describe con genuino ensa-
ñamiento el crimen, no ahorra al espectador los esterto-
res del taxista al ser estrangulado, babas incluidas. En el
momento del otro crimen -eufemísticamente llamado eje-
cución-, se coloca bajo la trampilla que hace perder el
contacto con tierra firme al reo una bandeja de esas que
ponemos a los gatos llenas de arena para que hagan sus
caquitas; un zoom nos acerca a la bandeja y, efectiva-
mente, los ejecutados pierden el control del esfínter. Lo
he visto en el cine, en una película que comienza con un
plano medio de un gato ahorcado en un solar de barrio
obrero. ¡Ah!, la bandeja destinada al reo no lleva arena...,
una obra maestra. ¡Qué genial, el cine aquel de la Europa
socialista!
Libros. ........................................................................... 27
Sumas y restas. Tertulia con el cineasta
Víctor Gaviria ............................................................... 28
Cultura
cnt
n°323 mayo 2006
2
255
No matarás
(Krótki film o zabijaniu)
Drama
Dirección: Krzysztof Kieslowski
Guión: Krzysztof Kieslowski, Piesiewicz Kieslowski
Intérpretes: Miroslaw Baka, Krzysztof Globisz, Jan Tesarz,
Zbigniew Zapasiewicz, Barbara Dziekan, Aleksander
Bednarz, Jerzy Zass, Zdzislaw Tobiasz, Artur Barcis,
Krystyna Janda
Montaje: Ewa Smal
Fotografía: Slawomir Idziar
Música: Zbigniew Preisner
Producción: Ryszard Chutkowski
Polonia, 1988
1 h 24 min
Los aires difíciles
Drama
Dirección: Gerardo Herrero
Guión: Ángeles González-Sinde, Alberto Macías; basado
en la novela de Almudena Grandes
Intérpretes: José Luis García Pérez, Cuca Escribano,
Roberto Enríquez, Alberto Jiménez, Carmen Elías,
Andrés Gertrudix, Antonio Dechent, Pilar Castro
Montaje: Carmen Frías y Berta Frías
Fotografía: Alfredo Mayo
Producción: Gerardo Herrero, Pancho Casal, Antonio P.
Pérez
España, 2006
1 h 57 min
Pasados ocultos
El nudo corredizo

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